Cuando irrumpió Gabriel Rufián en la política, mis primeras impresiones se resumían en que hacía honor a su apellido. En concreto, aquella alusión a la “cal viva” para retratar al expresidente Felipe González me pareció -me sigue pareciendo- extemporánea y que no venía a cuento tantos años después. Los GAL representan una mancha imborrable y una vergüenza para cualquier presidente del Gobierno, pero tampoco se puede olvidar que el PSOE no inventó el terrorismo de Estado, ya existía el Batallón Vasco Español con la UCD de Adolfo Suárez. En cualquier caso, a Rufián le ha transformado su vida en Madrid. Ahora ya considera “nefasto” aquel eslogan de “España nos roba”, mantra repetido por cierto independentismo. Es más, hace tiempo que su discurso tiene mucho más de izquierdas que de nacionalista, por eso muchos lo ven como un posible nuevo líder de un frente progresista, una confluencia que podría salvar ese espectro ideológico más socialista que el PSOE.
Aunque las encuestas pintan a que en ese campo toca gestionar miseria y ni siquiera la suma de siglas (Podemos, Sumar, ERC, Bildu, Compromís, Más Madrid) va a dar para muchos diputados, todavía resultará más pobre la representación que obtendrán esos electorados si concurren a las urnas por separado. Por la Ley de Hondt electoral y por los mínimos del 5% para obtener escaños, se perderá decenas de miles de votos. No es plan.
Ni siquiera todo debe pivotar sobre Gabriel Rufián u otro nombre propio, se trata de unirse o morir. Así de simple. Ya han surgido las voces en contra de prácticamente todos los partidos concernidos, como era de esperar. Me quedo con la reflexión del camionero ácrata, Basilio: lo importante es un programa. Ya lo decía Julio Anguita: “programa, programa, programa”. Pues ya pueden empezar, por las Viviendas de Protección Pública (VPP), un compromiso para asegurarlas como derecho a toda la población.




