Opinión

La vieja guardia del socialismo español

Lo cierto es que, durante décadas, Felipe González y la llamada vieja guardia del PSOE han ocupado un lugar casi sagrado en el imaginario político español. Su papel en la consolidación democrática y en la modernización inicial del país es innegable. El problema surge cuando ese pasado se utiliza como salvoconducto moral permanente, como si los méritos de ayer les otorgaran patente de corso para intentar, como hace la derecha y su ala ultra, derribar al Gobierno de Pedro Sánchez. Nuestra política no es un panteón de viejas glorias; ha de responder a los desafíos del presente.

El felipismo suele presentarse como sinónimo de pragmatismo, estabilidad y sentido de Estado. Pero bajo esa etiqueta se esconden decisiones que han marcado profundamente el rumbo del socialismo español. La aceptación acrítica de un modelo económico cada vez más cercano al neoliberalismo, la subordinación a los grandes intereses financieros y la renuncia progresiva a los principios clásicos de la socialdemocracia dejaron una herencia incómoda.

La estrecha relación que algunos dirigentes históricos del PSOE han mantenido con el poder económico y mediático no ha sido un buen ejemplo. La imagen de antiguos responsables socialistas sentados en consejos de administración de grandes empresas energéticas no ha pasado desapercibida y ha calado hondo en la ciudadanía. Las puertas giratorias no son solo un problema ético; son una herida abierta en la credibilidad de un partido que nació para defender a los trabajadores y a los sectores más vulnerables. Para el votante, la sensación es clara: la política es, para algunos, un trampolín hacia privilegios personales.

Más preocupante aún es el tono condescendiente con el que esta vieja guardia se dirige a la prensa arremetiendo contra el líder socialista, Pedro Sánchez. Desde posiciones cómodas, se descalifica cualquier intento de renovación tachándolo de ingenuo, radical o peligroso. González y otros recurren a la desautorización, pontificando desde el pasado. Su actitud resulta arrogante y contraproducente para una izquierda que necesita reinventarse.

España ya no es la de los años ochenta. La precariedad laboral, la crisis de la vivienda, la emergencia climática y la creciente desafección democrática exigen respuestas y arrimar el hombro en la ayuda común. Aferrarse a recetas de otra época no es realismo político, sino falta de imaginación y de coraje.

Por eso, criticar a Felipe González y a la vieja guardia del PSOE no es ingratitud histórica, sino una exigencia democrática. Si el socialismo quiere seguir siendo una herramienta útil para transformar la sociedad, debe dejar atrás la nostalgia y mirar hacia el futuro con honestidad. Eso implica aceptar que algunos de sus viejos referentes ya no son parte de la solución, sino parte del problema. Que González deje, pues, de lanzar imprecaciones y miradas aviesas contra Sánchez, porque con ello no hace más que hacer el ridículo al asociarse con el PP y Vox en sus críticas al Gobierno. Esa guerra larvada que eleva a público conocimiento no es crítica, sino traición.

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