El fútbol, la última tribu
Hay algo profundamente extraño en ver a una persona hipotecar sus vacaciones, vaciar su cuenta corriente y cruzar medio planeta para contemplar durante noventa minutos cómo veintidós millonarios persiguen una pelota. Más extraño todavía cuando esa misma persona no haría semejante esfuerzo por asistir a una conferencia de un premio Nobel, una cumbre científica o la presentación de una vacuna contra el cáncer. Y sin embargo ocurre. Constantemente.
Mientras escribo estas líneas, millones de aficionados viajan a Estados Unidos para asistir a competiciones futbolísticas. Un país donde, hasta hace relativamente poco, el fútbol era considerado una actividad extraescolar para niños de clase media y donde los estadios, según el imaginario europeo, deberían estar vacíos. Pero no lo están. Al contrario: estadios prácticamente llenos, ocupaciones cercanas al cien por cien, entradas que rondan cifras obscenas y reventas que parecen diseñadas por traficantes de órganos. Y aun así la gente compra. La FIFA presume de ocupaciones cercanas al 99,5% y de millones de entradas vendidas a aficionados procedentes de más de 130 países.
La pregunta es inevitable: ¿qué demonios está pasando? La respuesta antropológica probablemente sea tan antigua como la propia especie humana. Nos gusta creer que vivimos en una era racional. Que hemos dejado atrás los mitos, los tótems, las tribus y los rituales primitivos. Pero basta entrar en un estadio para descubrir que eso es una fantasía.
El aficionado moderno no es tan diferente del miembro de una tribu paleolítica. Lleva colores distintivos. Entona cánticos colectivos. Participa en ceremonias periódicas. Identifica a un enemigo común. Experimenta éxtasis grupal. Se funde emocionalmente con miles de desconocidos. Y, sobre todo, siente que pertenece a algo más grande que él.
La sociología lleva décadas señalando que los seres humanos necesitamos comunidades simbólicas. Antes podían ser el clan, la aldea o la religión. Hoy pueden ser una selección nacional, un club o incluso una comunidad online. La necesidad psicológica es exactamente la misma: reducir la sensación de insignificancia individual mediante la pertenencia a un colectivo. Por eso resulta tan revelador escuchar a los aficionados cuando hablan. Nunca dicen: «Han ganado.» Dicen: «Hemos ganado.»
Un contable de Cuenca, un fontanero de Birmingham y un profesor de Osaka se apropian instantáneamente del gol marcado por un delantero que cobra veinte millones al año y que probablemente jamás sabrá de su existencia. Desde fuera parece absurdo. Desde dentro es identidad. Y la identidad es una droga potentísima. Quizá por eso las comparaciones entre fútbol y religión aparecen constantemente en la literatura antropológica. Ambas comparten símbolos, rituales, peregrinaciones, reliquias, narrativas épicas y una curiosa capacidad para generar fe incluso cuando los hechos invitan al escepticismo. El hincha del Valencia que lleva veinte años sufriendo promete cada agosto que «este año sí». El creyente hace algo parecido desde hace unos cuantos milenios.
Pero hay algo más. El deporte ofrece una experiencia emocional que la vida moderna ha ido eliminando sistemáticamente. Nuestra existencia cotidiana es burocrática, previsible y aburridamente segura. Pasamos horas frente a pantallas respondiendo correos, actualizando hojas de cálculo y asistiendo a reuniones que podrían haber sido un mensaje. El fútbol, en cambio, sigue conservando algo salvaje. Durante noventa minutos nadie sabe qué va a ocurrir. No importa el presupuesto. No importa la lógica. No importa el algoritmo. Puede ganar el débil. Puede fracasar el favorito. Puede suceder el milagro. Y el cerebro humano adora los milagros.
Desde una perspectiva evolutiva, nuestros antepasados sobrevivieron prestando atención a acontecimientos inciertos y emocionalmente relevantes. Un partido de un Mundial activa algunos de esos mecanismos ancestrales mejor que la mayoría de las experiencias contemporáneas. Lo fascinante es que las redes sociales han amplificado todo esto hasta niveles grotescos. Si antes uno celebraba un gol con los vecinos del bar, ahora puede hacerlo simultáneamente con millones de personas. La emoción ya no es local; es planetaria. La tribu ha escalado hasta dimensiones industriales. Y ahí aparece una paradoja maravillosa. Vivimos en la época más individualista de la historia. Nunca hemos insistido tanto en la singularidad, la autenticidad y el «sé tú mismo». Pero cuando llega un Mundial, millones de individuos aparentemente únicos se pintan la cara igual, cantan lo mismo, repiten los mismos eslóganes y se comportan exactamente igual que otros millones de individuos aparentemente únicos. Resulta que el animal tribal seguía ahí. Simplemente estaba esperando una excusa.
¿Es irracional pagar miles de dólares por una entrada? Probablemente. ¿Es irracional cruzar un océano para ver jugar a once personas que no conoces? Seguramente. ¿Es irracional sufrir durante semanas por el resultado de un partido sobre el que no tienes ninguna influencia? Sin duda. Pero quizá la pregunta correcta sea otra. ¿Es más irracional eso que dedicar la vida entera a acumular dinero que no podremos llevarnos, discutir con desconocidos en internet o perseguir ascensos laborales que olvidaremos seis meses después?
El fútbol, como la religión, tiene una ventaja enorme frente a muchas actividades modernas: al menos reconoce abiertamente que está apelando a las emociones. Quizá por eso sigue funcionando. Porque debajo de las capas de tecnología, educación y sofisticación, seguimos siendo los mismos monos tribales que hace cincuenta mil años se reunían alrededor de una hoguera para contar historias sobre héroes, enemigos y victorias imposibles. La única diferencia es que ahora la hoguera tiene capacidad para ochenta mil personas y vende cerveza a doce dólares.