El fútbol valenciano no se explica solo con el Valencia CF. Hay dos clubes que llevan décadas construyendo identidades propias, acumulando historias de ascensos y descensos, de clasificaciones europeas y temporadas para olvidar, de estadios que se llenan cuando la categoría acompaña y se vacían cuando los resultados no llegan. El Levante UD y el Villarreal CF son, junto al Valencia, los tres vértices de un triángulo que define el fútbol de una comunidad con más de cinco millones de habitantes y una tradición futbolística que va mucho más allá de Mestalla. Los dos clubes comparten algunas características: son entidades medianas en el contexto de la Primera División española, han competido en Europa, han sufrido descensos inesperados y han protagonizado regresos que sus aficiones todavía recuerdan. Lo que los diferencia es casi todo lo demás: la ciudad, el modelo de propiedad, la base social, la manera de construir plantillas y la forma en que sus hinchas entienden el fútbol. Analizar sus trayectorias en paralelo dice mucho sobre cómo puede sobrevivir un club mediano en el fútbol español contemporáneo, donde la brecha económica entre los grandes y el resto no ha dejado de crecer desde que los derechos televisivos se negociaron de forma centralizada.
El Levante UD tiene su estadio en el barrio de Orriols, en el norte de Valencia. El Ciutat de València tiene capacidad para 26.354 espectadores, una cifra modesta para un club de Primera División pero suficiente para generar una atmósfera que en las buenas épocas resulta intimidatoria para los visitantes. El club lleva el nombre de la ciudad pero no es el club de la ciudad en el sentido convencional: esa posición la ocupa el Valencia CF de forma casi hegemónica. La afición del Levante ha aprendido a convivir con esa condición secundaria dentro de su propio territorio y, en cierta medida, ha construido su identidad precisamente a partir de esa posición. Ser del Levante en Valencia implica un grado de convicción que no siempre requiere el seguidor del club dominante. La historia del Levante es la historia de un club que ha competido durante décadas por ser el segundo de su ciudad, que ha conseguido momentos de primera línea nacional y europea, y que ha vuelto siempre a su espacio natural cuando los recursos no han dado para más. El club fundado en 1909 ha pasado por todas las categorías del fútbol español, con una presencia en Primera División que ha sido intermitente pero que en los últimos quince años ha tenido episodios notables.
El modelo Villarreal: cómo un pueblo de 50.000 habitantes construyó un club de élite europea
Villarreal es una ciudad de la provincia de Castellón con poco más de 50.000 habitantes. Tiene el estadio de un club grande, la Cerámica, con capacidad para 23.500 espectadores, y tiene un club que ha ganado la UEFA Europa League, que ha disputado semifinales de Champions League y que lleva dos décadas compitiendo regularmente en Europa. Esa combinación, un municipio pequeño con un club de dimensión continental, no tiene muchos paralelos en el fútbol europeo. La explicación pasa inevitablemente por Fernando Roig, empresario valenciano del sector cerámico, que compró el club en 1997 cuando estaba en Segunda División B y lo transformó en lo que es hoy. El modelo Roig es el de un propietario con recursos propios y una visión a largo plazo que ha preferido crecer de forma sostenida antes que apostar por inversiones masivas que comprometieran la estabilidad financiera del club. En un contexto donde los clubes medianos de la Primera División española han acumulado deudas históricas que en algunos casos los han llevado a la quiebra, el Villarreal ha mantenido un equilibrio entre ambición deportiva y prudencia económica que muy pocos han logrado sostener durante tanto tiempo.
El título de la Europa League en 2021, conseguido en Manchester ante el United en una tanda de penaltis que el portero Gerónimo Rulli resolvió una paradada histórica, fue el punto más alto de ese proyecto. Unai Emery, entrenador de San Sebastián con una carrera que lo había llevado por Sevilla, Valencia, Arsenal y el Paris Saint-Germain, dirigió al Villarreal durante dos temporadas que dejaron una huella permanente en la historia del club. La semifinal de la Champions League de ese mismo año, donde el Villarreal eliminó al Bayern de Múnich en los cuartos de final y cayó ante el Liverpool en las semis, confirmó que el proyecto no era una casualidad. La base estaba construida sobre años de trabajo en la cantera, de política de fichajes inteligente y de una estabilidad institucional que muchos clubs del fútbol español han sido incapaces de mantener. Después de Emery, que se marchó al Aston Villa, el club ha continuado compitiendo en Europa con regularidad, aunque sin alcanzar el mismo nivel de impacto continental. El modelo sigue siendo el mismo: una plantilla equilibrada, un cuerpo técnico con criterio, una dirección deportiva con continuidad y un propietario que no vende las partes buenas cuando llegan las ofertas.
La cantera del Villarreal, conocida como la Cantera Grogueta en referencia al amarillo de la equipación, ha producido jugadores que han pasado por la selección española y por los grandes clubs europeos. Santi Cazorla es el nombre más reconocible de esa línea de trabajo, un futbolista formado en Asturias que pasó por el Villarreal en dos etapas distintas de su carrera y que protagonizó una de las historias de recuperación más llamativas del fútbol reciente, cuando volvió a jugar a alto nivel después de casi dos años de lesiones que los médicos habían considerado potencialmente definitivas. La apuesta del Villarreal por esos perfiles, jugadores técnicos con criterio, ha sido una constante que define el estilo de juego del club independientemente del entrenador de turno.
Las temporadas recientes: descensos, regresos y la lucha por la permanencia como horizonte
El Levante UD bajó a Segunda División al final de la temporada 2021-2022, después de varios años de permanencias trabajadas y de una temporada europea en la Europa League que quedó como el punto más alto de su historia reciente. El descenso fue el resultado de una combinación de factores: una plantilla que había llegado al límite de sus posibilidades, una gestión económica que había consumido los márgenes disponibles y un mercado de fichajes que no dio los refuerzos necesarios en el momento oportuno. El regreso a Primera División llegó en la temporada 2024-2025, después de dos años en Segunda donde el Levante tuvo que reconstruir su proyecto con recursos más ajustados y con una afición que mantuvo el apoyo pero que no ocultó su frustración por el tiempo perdido en la categoría de plata. El regreso fue celebrado en Orriols como los regresos de los clubs con historia: con la conciencia de que volver a la élite es siempre una conquista, no un derecho.
El Villarreal, por su parte, ha mantenido una presencia casi ininterrumpida en Primera División desde su ascenso definitivo en 1998, con la excepción de la temporada 2012-2013, que disputó en Segunda División tras el descenso de 2012 y de la que regresó de inmediato. Esa continuidad en la élite es en sí misma un logro, dado que mantenerla requiere recursos constantes y una gestión que no comete errores graves en las ventanas de mercado. Los últimos años han sido de consolidación en la zona media-alta de la tabla, con presencia regular en competición europea y con una propuesta de juego que los aficionados al fútbol español identifican como característica del club: posesión, presión y verticalidad cuando hay espacio. El seguimiento de la Liga se extiende también a los mercados de apuestas de fútbol, donde los partidos de clubes como el Villarreal o el Levante forman parte de la oferta de los operadores con licencia de la DGOJ, junto al resto de la competición. Ambos equipos tienen suficiente historia para que cada temporada genere sus propias narrativas. La regularidad del Villarreal y el regreso del Levante configuran una Primera División donde los clubes medianos con proyecto tienen todavía espacio para competir, aunque ese espacio sea cada vez más estrecho.
Identidades diferenciadas: lo que separa a los dos clubs más allá del resultado
El Levante y el Villarreal comparten la condición de clubs que no son el primero de su territorio, aunque en sentidos distintos. El Levante no es el primer club de Valencia; el Villarreal no es el primer club de la Comunitat Valenciana ni siquiera de su provincia, donde el Castellón CF tiene una historia propia y una afición consolidada. Pero los dos han encontrado maneras de construir identidades que van más allá de la comparación con quien está por encima en la jerarquía local. El Levante ha apostado históricamente por una imagen de club popular, del barrio, de la gente que no puede o no quiere pagar los precios de Mestalla. Esa imagen tiene su límite cuando el equipo está en Segunda, porque el argumento de pertenecer a la élite desaparece, pero regresa con fuerza cuando el club vuelve a competir en Primera y puede ofrecer fútbol de nivel a una afición que ha mantenido su fidelidad en los años difíciles. El Villarreal, en cambio, ha construido su identidad sobre el logro, sobre lo que un club pequeño puede conseguir con un modelo sólido y con la determinación de no conformarse con lo que los números indicarían como techo razonable.
Las diferencias de modelo de propiedad son relevantes para entender las distintas trayectorias. El Villarreal tiene un propietario único con una visión clara y los recursos para sostenerla. El Levante ha tenido una estructura de capital más dispersa, con episodios de tensión entre accionistas y con una gestión que no siempre ha tenido la coherencia del modelo groguet. Esa diferencia estructural explica en parte por qué el Villarreal ha podido mantener su nivel mientras el Levante ha alternado entre momentos de brillo y descensos que han interrumpido su desarrollo. No es solo una cuestión de dinero: es una cuestión de continuidad en las decisiones y de capacidad para construir un proyecto que no dependa de los buenos resultados inmediatos para sostenerse. Los clubs que sobreviven en el fútbol español moderno son los que tienen esa continuidad; los que no la tienen son los que se pierden en los altibajos del mercado y de los resultados.
La relación entre los dos clubs y sus aficiones respectivas también merece atención. El Levante tiene una afición que vive el fútbol con pasión meridional, con el estadio de Orriols como espacio de comunidad y con una historia de cruces con el Valencia CF que generan los derbis más calientes de la comunidad. El Villarreal tiene una afición que entiende el fútbol desde la coherencia del proyecto: una ciudad pequeña que ha visto crecer a su club hasta dimensiones que nunca habría imaginado, y que vive cada clasificación europea como una confirmación de que el modelo funciona. Son dos maneras distintas de relacionarse con el fútbol, y las dos son válidas. El fútbol valenciano es más rico por tener las dos.
El triángulo que define una comunidad futbolística
Hablar del triángulo del fútbol valenciano no es un recurso retórico. Es una descripción precisa de cómo se distribuye la afición futbolística en una comunidad donde la competencia entre los tres clubs grandes ha sido durante décadas un elemento estructural de la cultura popular. El Valencia CF ocupa el vértice superior de ese triángulo por historia, por tamaño de afición y por presupuesto. Pero los otros dos vértices, el Levante y el Villarreal, han demostrado que hay espacio para proyectos diferenciados en el mismo territorio, y que esos proyectos pueden tener momentos de gloria que los sitúan en el mapa del fútbol europeo.
La temporada que viene, como todas las anteriores, definirá nuevos capítulos de esas historias. El Levante, recién regresado a Primera, intentará consolidar su posición en la élite con una plantilla que tiene que demostrar que el ascenso no fue casual. El Villarreal continuará su apuesta por la regularidad y por la competición europea, con la presión interna de mantener el nivel que la afición ya considera normal después de dos décadas de éxitos. El triángulo sigue siendo el mismo de siempre, aunque los tres vértices estén constantemente reajustando sus posiciones. Eso es lo que hace interesante al fútbol valenciano: no es un monopolio, es una competencia permanente entre modelos distintos de entender lo que un club puede y debe ser.





