España va bien, Maricarmen

España va bien. Eso dicen. Y habrá que creerles. Lo dicen mientras Maricarmen, con 87 años y después de más de siete décadas en su casa, sale de ella en una camilla porque la han desahuciado.

¿Dónde estaba el Estado? Para cobrar está. Para multar también. Para ejecutar una sentencia, no falla. Pero cuando una anciana tiene que abandonar su casa porque no puede afrontar un alquiler disparado, el Estado parece haberse ido a tomar un café.

El Gobierno culpa a la oposición. La oposición culpa al Gobierno. Unos dicen que les bloquean las medidas de vivienda; los otros responden que el Ejecutivo es incapaz de solucionar nada. Se tiran los trastos a la cabeza y, mientras tanto, Maricarmen duerme fuera de su casa.

Pero tranquilos. Todo está controlado. Isabel Díaz Ayuso decía estos días que «la propiedad es sagrada» y que a Madrid «se viene a ser propietario». Magnífico. Solo falta un pequeño detalle: ¿con qué sueldo?

Porque comprar una vivienda ya no está al alcance de buena parte de quienes trabajan. Y alquilar empieza a ser una broma de mal gusto. El precio de la vivienda se dispara, los jóvenes retrasan su emancipación y quienes cobran un salario normal hacen cuentas para descubrir que, después de pagar el alquiler, queda poco más que respirar.

España va bien, pero el españolito de a pie va con el agua al cuello. Suben los salarios y, detrás, suben el alquiler, la compra, la luz, la gasolina, el seguro, el colegio, la comunidad… Hasta el aire nos cobrarían si encontraran cómo.

La vivienda se ha convertido en negocio. Fondos, grandes propietarios, inversores y compradores extranjeros compiten en un mercado donde el ciudadano corriente cada vez pinta menos. Y no, los extranjeros no son los culpables de todo. Pero tampoco podemos fingir que determinadas cifras no existen.

Mientras tanto, vivienda, sanidad, educación, dependencia y servicios públicos se convierten en armas arrojadizas. Unos gobiernan. Otros bloquean. Los de más allá prometen arreglarlo cuando gobiernen. Y el ciudadano espera.

Eso no es política de Estado. Es política de trincheras.

Lo de Maricarmen debería avergonzarnos. No porque sea un caso excepcional, sino porque hay demasiadas familias al límite mientras nosotros nos acostumbramos a leer sus desgracias como si fueran estadísticas.

Porque quizá algún día nuestros hijos nos pregunten qué hicimos mientras trabajar no bastaba para comprar una casa ni para pagar un alquiler.

Podremos contarles que España iba muy bien.

Lo decían todos.

Y mientras tanto, Maricarmen salía en una camilla de su casa.

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