Tecnologías contra el mal


Me ha extrañado el rechazo de sectores afines al Gobierno contra la propuesta de Feijóo de hacer un registro de pirómanos. Yo me hice la misma reflexión al empezar a conocer que la mayoría de los incendios -como pasa casi siempre- son provocados. Suele repetirse aquello de que lo necesario ante estas conductas consiste en la “educación”, en inculcar el civismo y los buenos principios entre la población, desde niños. Etcétera, etcétera, bla, bla, bla. Con todos los respetos, un fulano (o en femenino, fulana, aunque suene mal) que le pega fuego al monte tiene poco arreglo pedagógico, por muy buenas intenciones y mucho empeño que se le ponga. Y conste que resulta loable y digno de aplauso ese afán de instruir a las generaciones en la convivencia.

Casos como el del tipo que nada más salir de prisión por tener la mecha corta, lo primero que hizo fue regresar a su pueblo gallego para volver a incendiarlo, o el de la pirómana que ha repartido candela en una decena de fuegos distintos, también por el norte, por poner un par de ejemplos de actualidad, no tienen remedio de buen samaritano o profesor sensible y comprensivo. Nos enfrentamos a una especie de virus social que pone en peligro a todo el “organismo” de la Naturaleza. Para ellos, una pulsera geolocalizada como para los maltratadores. ¿Por qué no? Me importan menos sus derechos humanos que los derechos humanos del conjunto de la sociedad. La tecnología tiene que ayudar para estos problemas, más que para utilizar la Inteligencia Artificial en parir trabajos de universitarios holgazanes o redactar reportajes que no pasan de meros refritos de palabras sin credibilidad informativa, cócteles de textos cogidos de todas partes sin ton ni son.

Tener geolocalizado en todo momento al energúmeno que le da una paliza a su novia o al que quema la sierra se convierte en una especie de “desinfección” social, en mantener a raya las bacterias malignas que nos salen -desgraciadamente- entre una mayoría de seres humanos con buenas entrañas y sin esos instintos destructores. Y, por supuesto, orden de alejamiento de las víctimas, tanto humanas como forestales, y que la pulsera se ponga a sonar con tantos decibelios que se entere todo quisque de que el/la individuo/a peligroso/a se acerca más de lo debido a donde se lo prohibieron. Tampoco se les va a meter en cadena perpetua… Perdón, prisión permanente revisable, a estos delincuentes, pero que estén controlados las 24 horas.

A fin de cuentas, ¿no estamos el resto de mortales geolocalizados con nuestros móviles smartphones estupendos en todo momento, para que unas empresas multinacionales de gentes de bien nos puedan vender todo tipo de productos en aras del Dios Consumo (capitalista)? Pues eso, razón de más para no apiadarse de quien no lo merece.

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