Opinión

La libertad de prensa, según Trump

Si uno tuviera que definir la “libertad de prensa” según Donald Trump, probablemente bastaría con un espejo, un micrófono y un coro de aduladores bien entrenados. Todo lo demás —preguntas incómodas, datos verificables, periodistas con memoria— entra en la categoría de “enemigos del pueblo”, ese concepto tan fino, tan democrático, tan propio de alguien que asegura ser el mayor defensor de la libertad jamás conocido por la humanidad (justo después de sí mismo, en su versión anterior).

La idea es sencilla: prensa libre es aquella que repite lo que él dice. Prensa corrupta es la que se atreve a contrastarlo. Y así, con esa lógica de plastilina, hemos visto cómo se premia a cadenas y comentaristas que convierten la realidad en un espectáculo de aplausos, mientras se veta, insulta o ridiculiza a medios que cometen el grave delito de hacer preguntas. Porque, claro, ¿qué clase de periodista osa preguntar cuando ya existe la verdad oficial, convenientemente redactada en mayúsculas y publicada en redes sociales a las tres de la madrugada?

Durante su etapa política —y más allá—, Trump perfeccionó un ecosistema mediático donde la crítica es traición y la lealtad ciega se recompensa con acceso, exclusivas y, de paso, un lugar privilegiado en el circo. No es casualidad que alabara sin rubor a presentadores afines mientras arremetía contra cabeceras históricas. La libertad de prensa, en su versión, no es un derecho: es un club privado. Y la cuota de entrada es la obediencia.

Y luego está la famosa cena de corresponsales de la Casa Blanca, ese evento al que Trump evitó con la misma constancia con la que un estudiante evita un examen para el que no ha estudiado. La White House Correspondents’ Dinner siempre ha sido un espacio donde el poder acepta —con mayor o menor elegancia— ser objeto de sátira. Pero Trump, poco amigo de que el chiste no lo controle él, prefirió ausentarse repetidamente. No fuera a ser que alguien hiciera una broma… y la gente, horror de horrores, se riera.

La ironía alcanza cotas casi artísticas cuando, tras el atentado que tuvo lugar precisamente en ese contexto mediático-político (o en su órbita simbólica), Trump decidió que la culpa, cómo no, era de todos los demás: la izquierda, los demócratas, el clima de odio… en definitiva, cualquiera que no fuera él. Según su relato, el problema no es quien lleva años incendiando el debate público con insultos, teorías conspirativas y descalificaciones constantes. No. El problema son los que “generan división”.

Es difícil no admirar —aunque sea desde el sarcasmo— la capacidad de proyectar en otros exactamente aquello que uno practica con entusiasmo. Porque si algo ha caracterizado a Trump es precisamente un estilo comunicativo basado en la confrontación permanente: enemigos, traidores, corruptos, débiles… un catálogo inagotable de etiquetas lanzadas con la delicadeza de un martillo. Y aun así, logra presentarse como víctima de un clima que, según él, otros han creado.

En este universo paralelo, la Democratic Party no es un rival político, sino una especie de ente maligno responsable de todos los males, mientras que su propio entorno —alineado con la Republican Party más trumpista— representa la única voz legítima. La pluralidad informativa queda así reducida a una cuestión binaria: conmigo o contra mí.

Al final, la “libertad de prensa” trumpiana no es más que un decorado: una palabra bonita, vaciada de contenido, utilizada mientras se socava precisamente aquello que dice defender. Porque una prensa libre no es la que aplaude al poder, sino la que lo incomoda. Y ahí está el problema: a Trump nunca le interesó una prensa libre. Le interesaba una prensa obediente.

Y claro, eso no es libertad. Es otra cosa. Bastante más antigua, por cierto.

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