La izquierda de Más Madrid frente al espejo
Lo vemos a diario: hay guerras que desgastan más que cualquier rival político. No por su intensidad, sino por su dirección, pues el adversario está dentro. Cuando el combate deja de ser hacia afuera y se vuelve hacia adentro, lo que se resiente no es solo la estrategia, sino la credibilidad. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en Más Madrid, donde la pugna entre Mónica García y Emilio Delgado ha dejado de ser un rumor soterrado para convertirse en síntoma visible de algo más profundo. Quieren ser mejores el uno que la otra.
La escena se consolida cuando una líder da el paso al frente y un aspirante, que lleva meses preparando el terreno, se topa con una organización que, en lugar de proyectar alternativa, crea división. García anuncia su intención de disputar la presidencia de la Comunidad de Madrid con un mensaje claro –desalojar a Ayuso–, pero casi al unísono se abre un frente interno que diluye el foco. Delgado, por su parte, no ha ocultado sus ambiciones y ha buscado visibilidad donde la encontraba: en medios, en redes y en espacios ajenos al control del partido.
El problema no es que existan aspiraciones ni debates internos. Eso, en democracia, es sano; el problema es cómo se gestionan. Cuando las diferencias estratégicas –como el modelo de primarias, limitado a la militancia o abierto a simpatizantes– se convierten en trincheras personales, el proyecto colectivo empieza a desdibujarse. Y cuando, además, se airean en público, el desgaste se multiplica. Véase el ejemplo de Podemos.
Pero en esta división no hay un único responsable. Delgado ha tensado la cuerda actuando al margen de la dirección, pero García tampoco sale indemne al entrar en una confrontación directa que, siendo ministra, le resta más de lo que le suma. En política, no basta con tener razón; importan, y mucho, el momento y la forma.
Este tipo de disputas no son nuevas. Forman parte de una tradición casi estructural en la izquierda española, donde la pluralidad ideológica a menudo deriva en fragmentación orgánica. El debate es si esa pluralidad se convierte en fortaleza o en debilidad. En este caso, apunta a lo segundo.
Mientras tanto, en el otro lado, la tranquilidad es palpable. El PP observa sin preocupación, consciente de que un adversario dividido es un adversario debilitado. La verdadera inquietud en ese espacio político no está en la izquierda, sino en su propio flanco derecho, donde Vox puede alterar equilibrios más decisivos.
La paradoja es evidente. Mientras Más Madrid discute quién debe liderar y cómo elegirlo, el objetivo que comparten –construir una alternativa sólida a Ayuso– se aleja. Pues antes de convencer al electorado, hay una tarea previa: convencerse a sí mismos de que el proyecto merece la pena.
La pregunta no es quién ganará las primarias, sino si, después de ellas, quedará algo que pueda competir. Porque en política no basta con querer ganar; hay que parecer capaz de hacerlo. Y hoy, esa imagen está en entredicho.