La cantinela de las pensiones: una calculadora que falla

¿Cuánto tiempo llevamos escuchando la cantinela de que el sistema de pensiones no se sostiene, que va a colapsar…? ¿Quién no ha oído en la barra del bar o en la cola del comercio ese comentario resignado y cargado de sabiduría popular: «Nosotros no cobraremos; de aquí a que nos jubilemos, ya no quedará dinero»?

Aunque fuera verdad, la solución resulta de lo más sencilla: las pensiones se pagan con los impuestos de todos; solo habría que cambiar la partida y, en vez de financiarlas con las cotizaciones a la Seguridad Social, hacerlo con el IRPF, por ejemplo. Es una fórmula que ya se aplica en otros países, como Dinamarca, Nueva Zelanda o Australia. Como salta a la vista, lugares atrasados del mundo, sin civilizar…

De todas formas, a todos estos agoreros liberales y pseud socialdemócratas (PP y Vox, por un lado, y PSOE, por otro) les falla la calculadora, incluso aplicando sus propias reglas del juego. Resulta que, si uno contrata un plan de pensiones privado, tal como recomiendan ahora y como impondrán después si gobiernan —ya se le ha escapado al diputado Figaredo, ese impresentable, según el autor—, a la entidad financiera sí le salen las cuentas: tú aportas una cantidad al mes y, cuando cruzas la frontera de la tercera edad, te la devuelve, incluso con intereses. En cambio, cuando es papá Estado quien recauda las cotizaciones, después resulta que el dinero no llega, ni siquiera cuando tiene a toda la población como clientela asegurada.

¿Nos imaginamos lo rentable que sería un banco que tuviera garantizados millones de clientes suscritos a su plan de pensiones privado desde el primer momento? Ya me conozco la respuesta liberal: «No, te equivocas; tu pensión se paga con lo que están cotizando ahora otros, los jóvenes en activo». Claro, igual que en un plan de pensiones privado: los fondos se mueven, se invierten y generan riqueza, pero también se gastan; no permanecen inmóviles en una caja fuerte. El negocio bancario se fundamenta precisamente en eso: los ahorros depositados se inyectan en el mercado para obtener ganancias y después se abonan los rendimientos a los clientes. Si, además, la Administración pública no tiene como misión obtener beneficios, incluso habría margen para aumentar los recursos disponibles.

¿La pirámide demográfica y el envejecimiento? Claro, mi generación y varias más somos lo que se conoce como baby boom y, cuando lleguemos a la jubilación, ejerceremos una mayor presión sobre el sistema. Solo que ahora, mientras seguimos en activo, estamos generando un «superávit», por así decirlo, porque antes de nosotros no hubo una explosión de la natalidad semejante.

Pero miren ustedes por dónde: cuando había abundancia, un tal Mariano Rajoy —altamente cualificado como funcionario, registrador de la propiedad y, en especial, de la suya y de la de las gentes de bien— tiene el dudoso honor de haber protagonizado las mayores extracciones del Fondo de Reserva de la Seguridad Social, conocido como la «hucha de las pensiones». Durante su mandato, el fondo pasó de alcanzar un máximo de 66.815 millones de euros en 2011 a contar con unos 8.095 millones en 2017.

Paradójicamente, también hizo historia al establecer una revalorización anual de las pensiones del 0,25 % durante los años de aplicación de aquella fórmula, una auténtica miseria cuando el IPC se situaba muy por encima de ese porcentaje.

Empezaban a notarse los efectos del baby boom, sí, pero esa presión demográfica no explica por sí sola todos los problemas del sistema. Y, sin embargo, en los últimos años los recursos de la «hucha de las pensiones» han vuelto a crecer. Una de las medidas adoptadas ha consistido en compensar el efecto del tope máximo de cotización a la Seguridad Social, que limita las aportaciones de quienes más ganan, mediante un nuevo complemento de cotización para las rentas más altas.

En fin, como pronto estaremos en campaña electoral, que no nos vendan la moto: si hay voluntad política, existen distintas vías para financiar las pensiones. No hace falta recurrir obligatoriamente a los planes privados. Quien quiera contratarlos, que lo haga: libertad absoluta, por supuesto.

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