Opinión

En una fiesta ‘rave’

Eso de montarse una juerga en plan acampada de varios días –con sus noches– por la jeta, sin permisos y ‘okupando’ una propiedad privada, parece un poco excesivo, al menos, por la última parte. Siempre he sido partidario del liberalismo absoluto en temas morales, con el único límite de no perjudicar al prójimo. Viví la experiencia de darme un garbeo por la ‘rave’ de Fuente Álamo, en una llanura infinita murciana. Iba por trabajo, aunque visto lo visto, tampoco me hubiera importado acudir por placer.

A poco que se da confianza a sus participantes, se abren y confiesan sus motivaciones con sinceridad: disfrutar de la música y de las sensaciones. Esto último incluye algunas sustancias que no siempre están amparadas por el marco legal actual, pero no seamos hipócritas, porque alcohol, tabaco y juego pueden resultar igual de nocivos para la salud, aunque ahí nadie se escandaliza. Uno de los reproches más recurrentes de algunos ‘boomers’ ya maduritos a la juventud actual es que son unos gándules que no quiere trabajar. En realidad, me da a mí que lo que les pasa ahora tiene más que ver con que no se conforman ni acatan la explotación laboral como nosotros hacíamos. Está claro que las generaciones anteriores tenían un espíritu de sacrificio mayor, asumían la responsabilidad de emanciparse desde la mili (ellos) y se tiraban al ruedo del mercado sí o sí. En cambio, ahora los retoños se quedan en el nido familiar hasta pasar de los treinta, incluso.

Las fiestas ‘rave’ cuadran con ese espíritu más hedonista, de vivir la vida entre placeres, porque la alternativa de amoldarse al sistema de hipoteca y consumismo, encima con sueldo raquítico, no parece muy digno. En contra de los prejuicios hacia las rastas, los piercing y las ropas a juego, en el fiestón clandestino había gente con estudios y cualificación profesional, que guardaron el anonimato –eso sí– porque con la etiqueta de ‘raver’ (si existe el palabro) no hay forma de triunfar en una entrevista de trabajo. Si serían responsables, que hasta había camión de la basura recogiendo entre cientos de caravanas y coches… En fin, la única pega que le veo a estos saraos está en invadir la propiedad ajena, en este caso, un circuito de velocidad que no había llegado a abrirse al público. Tal vez convendría que los misteriosos organizadores de estas ‘raves’ multitudinarias a escala europea las monten en suelo público y se comprometan a dejar todo limpio e intacto. Han demostrado ya sus virtudes pacifistas, porque no se registraron incidentes ni violencia, para haber congregado a varios miles de bailongos. Si en los 70 se toleró a los hippies y su “haz el amor, no la guerra”, qué hay de malo ahora en la música electrónica de ritmo eterno aderezada con estimulantes de todo tipo (quien los quiera).

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