El encarecimiento de la vivienda en las grandes ciudades está empujando a muchas familias a buscar alternativas en municipios más pequeños. En la Foia de Castalla, localidades como Ibi se han convertido en destino para quienes buscan alquileres más asequibles, más espacio y una vida más tranquila. Tres testimonios reflejan cómo el precio del alquiler y la compra en Madrid o Alicante está cambiando el mapa residencial.
Cuando Hessee Carrera llegó a España en 2024, Madrid fue su primer destino. Allí vivió durante varios meses junto a su pareja y su hijo de 23 años. El alquiler del pequeño piso que encontraron —una habitación y un baño prácticamente integrados en el mismo espacio— ascendía a 1.550 euros al mes. “Era muy pequeño para tres personas”, recuerda. Además, tuvo que pagar una fianza que nunca le devolvieron.
Carrera, venezolana de 53 años, terminó recalando en Ibi en diciembre de ese mismo año, animada por una prima que ya vivía allí. El cambio fue radical: un piso de tres habitaciones por 600 euros mensuales. “La diferencia es enorme”, explica. El nuevo hogar le permite vivir con más espacio y con una tranquilidad que, dice, no encontraba en la capital.
Su historia es también la de una migración marcada por el esfuerzo. En Venezuela trabajaba como docente con niños con capacidades especiales y llegó a dirigir un centro escolar, pero la violencia y las presiones políticas la empujaron a abandonar el país. Pasó seis años en Argentina antes de llegar a España con la intención de ofrecer a su hijo mejores oportunidades educativas. Durante su primer año en España trabajó como empleada de hogar mientras intentaba regularizar su situación. Finalmente consiguió el NIE, para lo que tuvo que desplazarse hasta Cádiz ante la falta de citas en la provincia. Hace apenas un mes comenzó a trabajar en una empresa de Ibi. “Se habla mucho de ayudas, pero yo nunca he cobrado ninguna porque no tenía papeles. Lo mejor ha sido la ayuda de la gente”, afirma.
Una experiencia similar vivió Zobemar, también venezolana, que llegó a España y se instaló inicialmente en Madrid junto a su familia. Allí alquilaron un pequeño piso de una habitación por 1.550 euros al mes, un precio que pronto comprobó que era insostenible. “Somos una familia de tres personas y tenemos dos perras. Era un piso muy pequeño y los alquileres son muy elevados”, explica. Con el paso de los meses comprendió que mantener ese alquiler suponía descapitalizarse. “Cuando llegué a España conocía muy poco la geografía y las oportunidades de vivienda. Asumí ese alquiler por desconocimiento”, recuerda. La decisión de marcharse de Madrid llegó después de comprobar que la mayoría de los pisos disponibles eran pequeños y caros.
El destino volvió a ser Ibi. Una prima se había instalado antes en el municipio gracias a unos amigos que le ayudaron a encontrar vivienda. “Empecé a investigar sobre el pueblo y me enamoré de la localidad: la gente, la tranquilidad, las oportunidades y el coste de la vida”.
Hoy vive en un piso amplio de tres habitaciones, salón, cocina y espacios separados, completamente amueblado. “Es tres veces más grande que el que tenía en Madrid y pago menos de la mitad”. La diferencia, explica, se nota también en la calidad de vida. “En Madrid gastamos el 75% de nuestros ahorros solo en sobrevivir”.
Ahora asegura sentirse plenamente integrada. “Aquí me siento muy arropada. He conocido personas maravillosas que me han ayudado mucho en este proceso”. Tanto es así que ya piensa en el futuro en el municipio. “Quiero comprar vivienda aquí. Venir a Ibi ha sido la mejor decisión”.
Alicante, también tensionada
La presión inmobiliaria también se deja sentir más cerca. Nacho López, de 36 años, decidió junto a su pareja empezar a buscar vivienda fuera de Alicante después de meses visitando pisos que no encajaban. “Tenemos trabajo estable, pero aun así una hipoteca o un alquiler suponía destinar más de la mitad de nuestros ingresos”, explica. En Alicante, por viviendas de 70 u 80 metros cuadrados se pedían entre 160.000 y 220.000 euros, muchas de ellas con necesidad de reforma. En alquiler, las cifras rondaban los 800 o 1.000 euros por pisos pequeños y antiguos. A eso se sumaban condiciones cada vez más exigentes: varias nóminas, avales o meses adelantados. “Había muchísima competencia. Los pisos duraban muy poco anunciados y los propietarios pedían cada vez más garantías”.
Tras ampliar la búsqueda a municipios del interior de la provincia, comenzaron a fijarse en Ibi. “Lo primero que notamos fue el precio. Por el mismo dinero podíamos acceder a más metros o a una vivienda en mejores condiciones”, explica.
Durante las visitas encontraron una diferencia clara respecto a Alicante. “Aquí vimos pisos más grandes y con extras como garaje o trastero. Es verdad que muchos edificios son antiguos, pero al menos el precio está más ajustado a lo que ofrecen”.
Según explica, el problema no es únicamente el coste final de la vivienda, sino la dificultad de acceso. “Existen algunas ayudas públicas, pero son limitadas y con muchos requisitos. La sensación es que no compensan la subida tan fuerte de los precios”.
En su caso, reconoce que encontrar vivienda sin salir de Alicante habría sido muy complicado. “O comprábamos algo muy pequeño y antiguo, o asumíamos una deuda demasiado alta para nuestro nivel de ingresos”.
Alternativa más asequible
En los últimos años, municipios como Ibi, Castalla u Onil se han convertido en una alternativa para quienes trabajan en el área metropolitana de Alicante pero buscan precios más asumibles en el mercado inmobiliario. La diferencia entre el coste de la vivienda en la capital y en las localidades del interior está favoreciendo que parte de la demanda se desplace hacia estas poblaciones.



