Menos ruido y más talante harían falta para enfrentarse al problema de los incendios forestales, que va a más. Que el cambio climático no ayuda, eso parece obvio, como en tantas cosas: noches tropicales, sequías prolongadas y un paisaje más reseco de lo habitual se convierten en factores que favorecen la propagación del fuego, al generarle tanto combustible. Pero al final, el detonante suele ser un pirómano, la mano del hombre, esa criatura tan irracional, una vez más. Apelar a la educación me temo que no basta. Por mucho que los maestros de escuela dediquen más horas de clase a inculcar en los niños valores cívicos y de respeto a la Naturaleza -que deben hacerlo- siempre quedará algún perturbado que tire de mechero y le pegue a la yesca vaya usted a saber con qué motivaciones.
Lo que sirve de poco, también una vez más, es echarle la culpa al Gobierno (es tendencia, como se dice ahora en el lenguaje de redes sociales) cuando las competencias en materia de emergencias las tienen las Comunidades Autónomas. Qué más da, ahí están al quite los pseudomedios de comunicación de siempre para expandir el bulo, otro más. Ni han faltado los energúmenos que se han ido corriendo a Vall d’Uixó a insultar a Perro Sanxe durante su visita por la catástrofe castellonense. Cómo desaprovechar la ocasión. En este tema tan grave y preocupante como el del fuego, echar culpas no nos lleva a ninguna parte, hay que tomar medidas. Le oí a un técnico experto que no se tiene que hablar de “limpiar” los montes, sino algo así como de un mantenimiento. Da igual el término, cómo se defina, pero parece que fomentar el pastoreo y la ganadería podría ayudar algo. De paso, pues se salva de la extinción casi segura una actividad económica en crisis aguda. Y no, no es verdad que la ley de este Gobierno ‘social-comunista-bolivariano-etarra’ prohíbe limpiar los cerros ni tocar la broza. Otra trola más de las gentes de bien.
No se vislumbra ninguna solución mágica, única, contra esta lacra de los veranos en llamas. Aparte de soltar unas cabras u ovejas por los bosques, tal vez convendría seguir el ejemplo del Ayuntamiento de Paterna y otros muchos en Cataluña. Han instalado sensores térmicos y de infrarrojos, y en el caso del municipio valenciano, incluso cañones de agua que se ponen a regar automáticamente cuando las alertas por altas temperaturas lo aconsejan. Vigilancia las 24 horas. Quizás podrían instalarse algunas cámaras en puntos estratégicos próximos a pinadas, por ejemplo, sin necesidad de grandes inversiones (con móviles viejos reciclados recargados con mini-placas solares) o mandar drones a patrullar en zonas de riesgo, sobrevolando distintas áreas, sucesivamente. Sobre todo, para detectar cuanto antes un incendio y que lleguen pronto los bomberos, que haya un diagnóstico precoz, como con enfermedades tan temibles como el cáncer. Al fin y al cabo, el fuego no deja de ser un cáncer para nuestro medio ambiente.



