Patria y fútbol, ¿qué puede salir bien?

La patria funciona como la fe —mueve montañas— y suele llevar al ser humano a todo tipo de despropósitos como antítesis del sentido racional de las cosas. La final del Mundial de Fútbol (y su resaca) nos está ofreciendo múltiples ejemplos de estos disparates. Entristece ver cómo gentes corrientes se comportan con odio al prójimo sin más motivo que el fanatismo de abrazarse a una bandera y unos colores. De Messi no me lo hubiera esperado nunca. No le conozco en persona, obviamente, pero un jugador que seguramente ha sido el mejor del mundo en su época, con clase, que nunca había manchado su trayectoria con gestos poco deportivos, ¿cómo se ha prestado a hacerle el feo al campeón y darle la espalda en el podio de los honores? ¿Tanto le ha cegado el cerrilismo de sus compañeros de equipo para aferrarse a esa patraña de que les robaron el partido? Escucharlo de algunos hinchas por la calle puede tener un pase por aquello de la frustración, en una afición tan apasionada como la Argentina.

En algunos países como aquel o su vecino Brasil, el fútbol siempre se ha vivido como una cuestión de Estado. Pero jugadores de primer nivel como los que disputan la Copa del Mundo deben tener otro aplomo y serenidad. Saber estar. Hubo una excepción, todo hay que decirlo: el jugador argentino Manuel ‘Flaco’ López sí dio la cara a España al recibir el trofeo.

No se vio ninguna jugada decisiva en que el árbitro les perjudicara; más bien al contrario. Además, fueron dominados la mayor parte del encuentro por el juego de los españoles, aunque demostraron garra y a punto estuvieron de darle la vuelta al choque en su recta final, con una demostración de pundonor y entrega elogiables. Lamentable, pues, el bochorno de esas agresiones después del pitido final, una especie de desahogo impresentable de malos perdedores. Al principio, achaqué esa violencia a unas pocas manzanas podridas de la selección albiceleste, pero cuando los vi a todos plantados de espaldas para no saludar al brillante campeón, me di cuenta de que la fechoría era colectiva, de todos.

Luego, ya en casa, otros patriotas nuestros, nacionalistas resabiados, no han podido resistir las muestras de júbilo españolistas —también patriotas, claro, pero que no han mostrado conductas incívicas— y han protagonizado algunos altercados en Euskadi y Cataluña. Menos de 24 horas han tardado en Barcelona en cargarse un mural de homenaje a Ferran, el héroe que marcó el gol de la victoria. Y tampoco han tardado mucho en agredir algunos violentos en ciudades vascas y en La Rioja y Navarra a aficionados por la “intolerable provocación” de lucir la camiseta de La Roja. A ver si ese color va a estar maldito por la Historia: a muchos que lo llevan, les acaban pegando.

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