
Periodistas y monarcas inviolables
Si hay una lacra gratuita e innecesaria en nuestra sociedad democrática se llama corporativismo. Esa “defensa a ultranza de la solidaridad interna e intereses de los miembros de un sector profesional”, tal como define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, que vulgarmente se suele sustituir en el habla coloquial con aquel “entre bomberos no nos pisamos la manguera”. A quienes más se les echa en cara es a los médicos, porque cuando hay denuncias por negligencia resulta casi imposible que un galeno reconozca que su colega lo ha hecho mal y se salvan entre todos sus vergüenzas. Habrá excepciones, supongo, pocas se han conocido hasta ahora. Entre políticos de un mismo partido, qué decir: el colmo del corporativismo, excepto Emiliano García Page, claro, la antítesis del corporativismo, si bien no se trate de principios, sino de que está en las siglas equivocadas (lo bien que encajaría en el PP…)
Pues hay otro gremio profesional en el que este bochornoso comportamiento de tapar y disculpar los desmanes y tropelías alcanza niveles impresentables: los periodistas. Asistimos a una sucesión de publicaciones de bulos casi a diario que se resuelven con unas pocas multas (contadas) sin que las asociaciones de plumillas de toda España, que las hay una por provincia prácticamente, más toda una federación nacional (FAPE) digan ni pío. Es más, cuando se anuncia cualquier nueva legislación para poner un poco de orden y meter en vereda a tanto charlatán de feria, mercenario de la propaganda más burda (“esto es muy burdo, pero yo voy con ello”, como dijo Antonio Ferreras, mandamás de La Sexta), al momento suenan las trompetas del Apocalipsis porque peligra la “libertad de expresión”. Eso, cuando no se invoca el temible “que vienen los rojos”, porque corremos riesgo de revivir en España la antigua Unión Soviética, enriquecida ahora con el regusto a Venezuela bolivariana.
Basta ya de cacareo sin fundamento. Cuando un arquitecto diseña mal un edificio, se le sanciona. Cuando un médico te causa una enfermedad o mueres, se le inhabilita. Cuando un concesionario te vende un coche averiado, te devuelven el dinero. Etcétera, etcétera. Por eso, cuando un pseudoperiodista a sueldo de un lobby o mecenas interesado políticamente miente una y otra vez a sabiendas, se le silencia la primera vez y se le expulsa definitivamente del mercado mediático cuando reincide. Mucho nos rasgamos las vestiduras —con razón— por la patética “inviolabilidad” de la monarquía, pero tenemos a una profesión clave en democracia que goza de ese mismo privilegio que huele a Edad Media. Los periodistas no pueden comportarse como intocables y sus asociaciones deben ser las primeras voces en denunciarlo y renegar de quienes deshonran su misión de arrojar luz y verdad al debate público.