Muchos aplausos para una contradicción
Así fue, muchos aplausos en el Congreso de los Diputados dedicados al Papa León XIV, una de las imágenes políticas más desconcertantes de los últimos años. No por respeto institucional hacia un jefe de Estado extranjero, algo del todo comprensible, sino por el entusiasmo casi unánime con el que fue recibido un líder religioso cuya organización mantiene posiciones incompatibles con algunos de los principios fundamentales de la igualdad democrática actual. Resulta difícil imaginar una ovación semejante para cualquier otro dirigente mundial. Mucho menos si representara una institución que continúa excluyendo a las mujeres de los puestos de máxima responsabilidad, niega derechos reproductivos reconocidos en la mayoría de las democracias occidentales, niega el derecho a una muerte digna, y arrastra una de las mayores crisis de credibilidad moral de nuestra época por los abusos sexuales cometidos en su seno. Pero, cuando el protagonista es el Papa, la clase política suspende por unos días su sentido crítico.
Se ha intentado presentar a León XIV como alguien cercano al progresismo por sus posiciones sobre la migración, la paz o la dignidad humana. Pero es un error: León XIV no es un líder de la izquierda. Defender a los migrantes no convierte a nadie en progresista del mismo modo que oponerse a una guerra no transforma automáticamente una doctrina conservadora en una doctrina emancipadora. Lo que sucede es que el debate público se ha desplazado muy a la derecha, y la defensa de principios humanitarios básicos empieza a parecer revolucionaria.
Muchos de los dirigentes que se apresuraron a aplaudir al Papa gobiernan o respaldan políticas que chocan con su discurso sobre inmigración, acogida y solidaridad. La derecha española, aquella que se proclama heredera de las raíces cristianas de Europa, vuelve a exhibir invocar al cristianismo cuando restringe derechos, y olvidarlo cuando exige proteger a los vulnerables.
Sí, el Papa debería ser una autoridad moral para todo, cuando denuncia la deshumanización de los migrantes, cuando reclama una respuesta solidaria ante quienes huyen de la guerra o de la miseria. No se puede citar el catecismo para hablar del aborto y guardar silencio en vez de exigir compasión, acogida y justicia social. La utilización selectiva de la doctrina no es convicción religiosa; es oportunismo político. Tampoco la izquierda debería idealizar al pontífice, aunque algunas de sus posiciones coincidan con valores progresistas. La Iglesia Católica sigue negando la igualdad plena a las mujeres y no afronta del todo las responsabilidades de décadas de abusos y encubrimientos. Es significativo que en un discurso histórico ante las Cortes no haya habido un espacio para la autocrítica. ¿Qué habría ocurrido si cualquier otra organización con semejante historial hubiera recibido el mismo honor y el mismo aplauso cerrado? Las objeciones habrían sido inmediatas.
La Iglesia Católica continúa disfrutando de una deferencia excepcional. Lo ocurrido habla del Papa, y de una clase política que parece sentirse más cómoda rindiéndole homenaje, en vez de examinarle. No se ha sabido separar el respeto institucional de la admiración acrítica.