Tres semanas. Ese es el tiempo que ha necesitado la realidad para desmentir cualquier intento de minimizar el impacto de la guerra en Irán. Tres semanas en las que los precios han subido sin freno mientras el Gobierno miraba hacia otro lado o, peor aún, se perdía en sus propios equilibrios internos.
La inflación ya no es un concepto abstracto, es el precio del diésel que asfixia a transportistas, el coste del fertilizante que ahoga a agricultores, la factura que encoge márgenes a las empresas y la cesta de la compra que cada día pesa más en el bolsillo de las familias. Todo sube, y rápido.
Y frente a esta evidencia, el Ejecutivo de Pedro Sánchez sigue instalado en la lentitud, cuando no en la inacción. No hay un plan claro, no hay medidas contundentes y, lo más preocupante, no hay sensación de urgencia. Como si el problema pudiera esperar. Como si el golpe no estuviera ya encima.
La comparación con Portugal resulta especialmente incómoda. Allí se han tomado decisiones para amortiguar el impacto. Aquí se acumulan las excusas. Mientras otros gobiernos actúan, el español parece atrapado entre cálculos políticos y tensiones con sus socios.
Pero si algo resulta especialmente irritante es la desconexión entre la situación real y ciertos gestos del propio Gobierno. En plena escalada de precios, con sectores enteros al límite, la vicepresidenta Yolanda Díaz decide acudir a una gala de cine en Estados Unidos en un viaje cuyo coste, además, corre a cargo de los contribuyentes. No es solo el dinero. Es el mensaje. Y el mensaje es demoledor: mientras la ciudadanía aprieta los dientes, algunos en el Gobierno parecen estar en otra cosa.
Entretanto, la crisis tiene ganadores claros. Las grandes compañías energéticas ven cómo sus beneficios crecen impulsados por el alza de precios. Y lo hacen en un contexto en el que no se están tomando decisiones valientes para corregir ese desequilibrio. Una vez más, el esfuerzo recae en los de siempre.
Gobernar no es solo gestionar lo cotidiano cuando las cosas van bien. Gobernar es, sobre todo, reaccionar con rapidez y determinación cuando vienen mal dadas. Y en esta ocasión, el Gobierno llega tarde. Muy tarde.
Porque cada día sin medidas no es gratis, es un día más en el que familias y empresas pierden capacidad, margen y tranquilidad. Y eso, por mucho que se intente maquillar, también tiene un responsable.