Rufián, Feijóo y otros políticos del montón
Hace apenas unas semanas, la comarca recibió la visita de uno de los diputados más mediáticos del Congreso, Gabriel Rufián. Cerca de trescientas personas, de sensibilidades muy diversas, llenaron el salón de la Comparsa Cristians de Onil, que se quedó pequeño para un acto modesto en las formas pero significativo en lo simbólico. Allí apareció un político cercano y afable, casi despojado de la vehemencia independentista que suele exhibir en Madrid. Un Rufián relajado, más dado a la charla que al mitin, muy lejos del personaje bronco que habita en el hemiciclo.
El contraste con lo visto días después en la Comisión de Investigación de la DANA, con la comparecencia de Alberto Núñez Feijóo, fue tan evidente como preocupante. Arrogancia, malos modales y un tono áspero marcaron una intervención encorsetada en el papel de fustigador, más centrado en el ataque que en el esclarecimiento de los hechos. Pero sería injusto cargar las tintas solo sobre un nombre propio.
Estas comisiones se han convertido en un teatro político-mediático donde prima el titular fácil, el gesto altivo y la interrupción constante. Da igual quién comparezca o quién interrogue: Pedro Sánchez, Santos Cerdán, Salomé Pradas o las comparecencias relacionadas con los atentados de Las Ramblas. El patrón se repite. Más que buscar la verdad, se persigue la humillación del adversario. El resultado es un espectáculo grosero, partidista y, en demasiadas ocasiones, sonrojante.
Tenemos representantes públicos atrincherados tras sus siglas, lanzando dardos envenenados al contrario y alimentando una polarización deliberada. En los últimos años, los partidos han optado por empujar a los ciudadanos hacia los extremos, convirtiéndose en auténticas máquinas de manipulación colectiva. La democracia —imperfecta, pero necesaria— debería ser el espacio del respeto, la alternancia y la convivencia de ideas distintas. Sin embargo, asistimos a una crispación que no se veía desde la Transición.
Si el bipartidismo degeneró en una alternancia cómoda y acomodada, la fragmentación posterior ha generado el caldo de cultivo perfecto para esta pantomima permanente. Y, mientras tanto, los ciudadanos seguimos pagando el precio de una política cada vez más ruidosa y cada vez menos ejemplar.