El valor que da Vicente Sanjuán a su obra Ibi, antes y ahora reside -entre otros contenidos para el acervo de sus paisanos- a que estas fotografías “documentan cómo vivían los ibenses de la época”, durante aquella transformación notable cuando se triplicó su población en pocos años desde unos 7.000 a más de 20.000 habitantes.
Tiempos duros en que temporalmente no daba tiempo ni a dotar aquellas viviendas edificadas con celeridad por la llegada de familias trabajadoras de otras partes de España con las infraestructuras básicas. Ni, por supuesto, a asfaltar. “Vemos una calle como si fuera un poblado de pioneros del Oeste norteamericano, con un suelo de tierra batida que se convertía en fango tras la lluvia, hay pocas antenas de televisión y poca iluminación, sin aceras para viandantes”, relata el autor en el texto que acompaña a la foto de la calle Espronceda, en el barrio de la Ciudad Deportiva, estampa icónica de lo que se podía ver en el extrarradio en varias zonas obreras más.
Un árbol plantado en medio del carrer Les Eres o una valiosa fuente (para que mulas, burros y caballerías abrevaran tras subir la empinada cuesta del Ravalet) reflejaban la también dura realidad del transporte de una época rural en la que se abría paso la revolución industrial juguetera.
Aquel monumental surtidor de agua se trasladó y sigue en la Glorieta de España cuando se retiró de la vía céntrica y obstruía el paso de los automóviles, de los que hasta entonces había muy pocos en Ibi.
“Vinieron familias en las que a veces los padres siguieron trabajando en el campo, que era lo que conocían y ya se veían mayores para entrar en las fábricas, mientras que los hijos sí se ganaban la vida en la industria”, describe Sanjuán, sobre aquella dualidad temporal, mientras observa una de las imágenes en blanco y negro, de un hombre de mediana edad tirando del ronzal de un pollino por el barrio del Mirasol.
Como reflexión general, Sanjuán subraya la aportación al conocimiento de la historia local y la sociología de los ‘iberuts’ que proporciona esta recopilación fundamentalmente gráfica, aunque comentada y explicada página a página: “Es para que la gente sepa que el pueblo, tal como lo conocemos hoy, no viene de la nada”.
Acerca de cómo le surgió la idea, este editor y filósofo recuerda que durante un viaje vio un libro similar que combinaba igualmente imágenes antiguas con actuales de Venecia, una de las ciudades más visitadas del mundo. En el caso más modesto desde el punto de vista turístico de Ibi, su motivación parte de difundir un trabajo distinto y original, inédito hasta ahora, de lo que suele publicarse en ediciones locales.
Rincones inidentificables hoy
No ha resultado fácil, aparte de poder contar con las fotografías y seleccionarlas, por las dificultades para encontrar actualmente incluso la perspectiva de antaño, en algunas calles, por cómo se ha transformado el espacio.
Como anécdotas, un vecino no ha dejado hacer la foto a Enrique J. Fuster desde su casa para conseguir una perspectiva más realista de hoy, por guardar celosamente la privacidad de su hogar, y se han tenido que desechar algunas imágenes de época por no conseguir ubicarla con exactitud, sin testimonio orales que pudieran ayudar a aclararlo.
En definitiva, un recorrido visual de más de un siglo, desde 1892 -fecha de la estampa más antigua, en la plaza de la Iglesia- hasta 2025, con un mapa urbano llenos de huecos que se han ido rellenando en unas pocas décadas, sobre todo, los años 60 y 70 del siglo pasado.
