La gira mexicana de Isabel Díaz Ayuso ha terminado convertida en uno de esos espectáculos políticos difíciles de explicar fuera de la burbuja madrileña. Lo que pretendía ser una exhibición internacional de liderazgo ha acabado pareciendo una mezcla entre turismo ideológico, nostalgia colonial y victimismo de saldo. Y lo peor no es solo el ridículo que ha hecho ella; es la imagen lamentable que proyecta de España cada vez que abre la boca para hablar de México como si siguiera viviendo en el siglo XIX.
Porque hay que tener una mezcla peligrosa de ignorancia y soberbia para viajar a un país extranjero y ponerse a dar lecciones sobre la conquista, Hernán Cortés y la “civilización” llevada por España. México tiene problemas gravísimos, claro que sí: violencia, narcotráfico, corrupción y enormes desigualdades. Pero reducir una nación de 130 millones de personas, con una historia compleja y una cultura gigantesca, a un simple “narcoestado” es de una frivolidad insultante. Más aún cuando quien lo dice representa oficialmente a una comunidad autónoma española y no a un tertuliano desatado en horario nocturno.
El resultado era previsible: rechazo, críticas y una creciente sensación de vergüenza ajena. La propia presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, le respondió con bastante más elegancia de la que merecía, llegando incluso a ironizar sobre el hecho de que alguien que supuestamente temía por su vida pasara parte del viaje en la Riviera Maya. Y entonces llegó el gran giro dramático: Ayuso diciendo que había tenido que “desaparecer”, que el Gobierno español la había abandonado y que su vida corría peligro extremo. El problema es que, según distintas informaciones, ni pidió protección especial ni informó oficialmente de amenazas concretas, e incluso habría rechazado parte de la seguridad ofrecida.
Todo muy teatral, muy sobreactuado y muy propio de una política que parece vivir permanentemente en campaña. Ahora intenta vender la historia como si hubiera sido víctima de un boicot internacional, cuando lo que realmente ha sucedido es algo mucho más sencillo: fuera de ciertos platós y periódicos amigos, sus provocaciones ya no hacen tanta gracia.
Y mientras tanto, detrás del escenario, sigue apareciendo la sombra de Miguel Ángel Rodríguez, auténtico arquitecto del ruido constante, del enfrentamiento perpetuo y de esa política convertida en circo mediático. Ayuso actúa muchas veces como una marioneta lanzada al barro para generar titulares y polarización, aunque el precio sea deteriorar la imagen institucional española en el extranjero.
Lo inquietante es que todo esto no parece pasarle factura electoral en Madrid. Ahí sigue, acumulando votos entre aplausos y memes, como si gobernar consistiera únicamente en montar broncas semanales. Cuesta entenderlo. Tal vez haya quien confunda el histrionismo con liderazgo o la ocurrencia permanente con valentía política.
Y por si faltaba algo de surrealismo patrio, hasta Florentino Pérez anda estos días saliendo a apagar incendios y cortar cabezas en el Real Madrid, acosado por críticas internas y externas. España parece haberse convertido en una competición nacional de egos hipertrofiados, victimismos estratégicos y dirigentes incapaces de medir el ridículo que hacen antes de cruzar una frontera.


