Decrecimiento, tabla de salvación

Si uno escapa un poco de la actualidad y del corto plazo, incluso alejado de la inevitable campaña electoral que lo impregna todo en estos momentos, el principal objetivo para nuestro futuro colectivo, el más trascendental, me parece el decrecimiento. Tal vez usted también haya oído hablar ya de este pensamiento, que detecté por primera vez en un quiosco hace unos años en Francia, con la palabra de allí, claro –‘décroissance’– como cabecera de un periódico. De hecho, tiene sus orígenes en el país vecino, precisamente en Lyon, muy cerca de la zona que suelo frecuentar. A priori, tras una rápida reflexión, se me antojó una filosofía entrañable aunque poco realista, una especie de anhelo nostálgico de un mundo bohemio con rasgos neolíticos, de regreso a la tierra, al autoabastecimiento, a la antítesis del derroche.

Ahora, en cambio, cada vez lo vislumbro como la única salida coherente, una tabla de salvación a la que sí o sí debemos aferrarnos por la supervivencia de la Humanidad. Muchos científicos –esa gente seria de la que me fío frente a charlatanes y vendidos a Don Dinero– exponen con datos que nuestra planeta tiene los recursos finitos y que no queda otra que abandonar de una vez la lógica (capitalista) de crecer y crecer, de que los balances de los negocios tengan que medirse con gráficas en positivo ejercicio tras ejercicio. Investigadores serios y sensatos como Antonio Turiel, nada sospechosos de agoreros, nos advierten de que urge un cambio cultural en profundidad para que asumamos, entre otras cosas, que la movilidad no puede mantenerse con el coche particular. Algunas medidas pueden parecer obvias, como esa de potenciar el transporte colectivo de viajeros (y reducir el de mercancías por carretera, por ejemplo), pero otras resultan más inesperadas, como no fiarlo tanto a la electrificación, porque los paneles fotovoltaicos también requieren de minerales que ya escasean en la Tierra. En definitiva, además de estrujarnos el cerebro en buscar sustitutos de los combustibles fósiles para bajar la polución y frenar el cambio climático, la cosa no se reduce a nuevas tecnologías, hay que fabricar menos, tirar menos cosas a la basura (y tan pronto), frenar la máquina de la producción y buscar el equilibrio entre lo que consumimos y lo que podemos generar, la estabilidad, satisfacer necesidades reales y prescindir de lo superfluo. Claro, que todo el “rollo” este de la sostenibilidad no vende, cosa de rojos y corren malos tiempos para esa lírica. Encima, aunque empezáramos a dar los primeros pasos en esa línea, los frutos llegarían ya para las próximas generaciones. ¿Quién va a tener tanta paciencia de invertir en ellas, en esta era de la premura, de que lo más se cuenta en unos segundos, en un ‘reel’? ‘Reelmente’ pinta mal para el decrecimiento, ojalá despertemos a tiempo.

Cistella de la compra
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