Resulta inquietante el miedo que se está instalando en la sociedad ante la posibilidad de que PP y Vox conviertan la cultura, los derechos sociales y las instituciones democráticas en herramientas al servicio de su proyecto político. Quieren una cultura «sin ideología», que traducido significa una cultura sin memoria, sin diversidad y sin pensamiento crítico. Y, por supuesto, serían ellos quienes decidirían qué es ideológico y qué no. Vamos, censura con otro nombre.
Su llamada «prioridad nacional» tampoco es inocente. Pretende dividir a la sociedad entre quienes merecen derechos y quienes deben conformarse con las sobras. Y, de paso, debilitar a los sindicatos, dejando a miles de trabajadores más desprotegidos frente a sus patronos. Todo envuelto en ese papel de regalo llamado sentido común, que a veces esconde un auténtico retroceso en libertades e igualdad.
Pero si algo retrata la frivolidad política de Alberto Núñez Feijóo es su ocurrencia de que basta con pedir un ticket de pizza para quedarse con una vivienda. Sí, un ticket y palante. Como si el acceso a la vivienda, los desahucios y la inseguridad jurídica fueran un chiste de sobremesa. Mientras los jóvenes no pueden emanciparse y los alquileres devoran los salarios, el líder del PP despacha un problema social de enorme gravedad con una bufonada.
Maricarmen no lo sabía. Ella andaba preocupada por llegar a fin de mes y evitar que la echaran de casa. Quizá debería haber pedido una pizza, guardado el recibo y esperado el milagro. Porque, según la lógica de Feijóo, parece que los problemas de vivienda se resuelven con un comprobante y no con políticas serias, datos y soluciones.
Si existen vacíos legales, que los explique y proponga medidas. Si preocupa la protección de la propiedad, que hable con rigor. Lo que no puede hacer es alimentar el miedo con falsedades o simplificaciones interesadas mientras presenta la exclusión como una política legítima.
Ganar unas elecciones tampoco otorga carta blanca para domesticar la cultura, recortar derechos o debilitar a quienes representan a los trabajadores. La cultura no es un problema, los sindicatos no son un estorbo y la igualdad no es un privilegio.
Menos censura, menos ocurrencias y más responsabilidad. Porque entre la cultura amordazada y la vivienda convertida en un chiste, el proyecto de Feijóo empieza a dar miedo. Y no precisamente por lo que cuenta, sino por lo que deja entrever.
Menudo presunto presidente del Gobierno tendríamos. Señor Feijóo, llénese la boca de pizza, pero deje de tomarnos por idiotas.





