A ver si vamos recuperando algo del espíritu de la democracia, con elecciones a la vista y acampadas de protesta en las calles. Dos buenos síntomas. Por fin ese drama de la vivienda, el problema que más condiciona la vida de la mayoría de los mortales desde hace años, por encima incluso del salario, se exterioriza en ese clamor de la Puerta del Sol que se ha irradiado a otras ciudades, después de un largo tiempo en que permanecía ahí, larvado, en silencio.
Una vez más, rápidamente se les ha descalificado como «vagos» y «perroflautas». Cómo no. Algún bocazas ¿periodista? televisivo insinuaba que se trata de jovenzuelos sin oficio ni beneficio y lanzaba a su reportera a preguntarles cuál era su ocupación en la vida, presuponiendo que no pegaban un palo al agua. Tremenda desilusión cuando le contaron que por la mañana se iban desde temprano a clase a la universidad y por la tarde regresaban a las tiendas de campaña para seguir con la protesta.
Menudo chasco. Como el que se llevó Pablo Motos al preguntarle a Arturo Pérez-Reverte por el carisma o la capacidad de liderazgo de Alberto Núñez Feijóo. Confiado en que jugaba en casa, se esperaba un panegírico del candidato a convertirse en nuestro próximo presidente del Gobierno. Pero hete aquí que el literato y genial columnista retrató al dirigente popular y a su partido como «mediocres» e «incompetentes». En realidad, el matiz está en que su análisis se refería más bien a su supuesta incapacidad para desbancar al Perro Sanxe, no a sus aptitudes para la gestión.
En definitiva, a Pérez-Reverte lo que le molesta del PP no es su ideología, sus principios o la política que lleva a cabo cuando está en el poder, sino que no haya sido capaz de echar de la Moncloa al PSOE. No se trata del único personaje público o conocido, liberal declarado, que echa pestes delante de un micrófono sobre un líder de los populares. Por ejemplo, el locutor radiofónico retirado José María García dejaba por los suelos a Ayuso («¿de verdad no hay otra cosa en el PP…?») después de «hablar 15 minutos con ella».
La pequeña gran diferencia con la izquierda radica en que, cuando los políticos decepcionan o no cumplen con las expectativas, sus votantes se quedan en casa. En cambio, las «gentes de bien» son fieles e incondicionales a la causa, pase lo que pase.
En fin, que vamos a las urnas por fin, en esta legislatura de inestabilidad y de falta de principios en partidos como Junts, heredero de aquella CiU que servía igual para un roto —dar su apoyo a José María Aznar— que para un descosido —que gobernara Felipe González—. Aunque, visto lo visto, tal vez no era tan incoherente…
Y digo falta de principios por pregonar que no iba a dar su voto a ninguna propuesta del Ejecutivo de Pedro Sánchez, fuera lo que fuera. Puro sectarismo y cálculo electoral ante el avance de Aliança Catalana, el «Vox independentista». Al fin y al cabo, a unos y otros les une su obsesión con la patria, cada cual la suya.
En cualquier caso, que hable el pueblo y se formen nuevas mayorías parlamentarias, sean del signo que sean. Y un poco de respeto, que algunos ya han vomitado su bilis advirtiendo, de forma completamente irresponsable, de que o gana su partido o habrá habido tongo con el voto por correo. Una posición de dictador de libro: tengo que llegar al poder sí o sí.





